Nación

Magnetto, el jefe del monopolio


(22/08) El CEO de Clarín no imagino ni la respuesta final de Grondona ni el costo de la guerra que desató.
Por Eduardo Anguita

eanguita@miradasalsur.com

Dentro de 12 días, el grupo celebrará un nuevo aniversario de la aparición del diario Clarín. Había sido un martes 28 de agosto de 1945, en un mundo que todavía tambaleaba por el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los clarines todavía resonaban: apenas tres semanas antes, Estados Unidos había tirado las dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas. Pese al miedo y la parálisis, nadie imaginaba que faltaban apenas tres semanas para que la Argentina viviera el suceso más impactante del siglo XX: el 17 de octubre que tuvo por protagonistas a los trabajadores y a Juan Domingo Perón.

El diario fundado por Roberto Noble era una bocanada de aire fresco en un escenario donde la información peleaba por encontrar nuevas y buenas voces que la corearan. Pero pasaron cuatro décadas de la muerte de Noble y la viuda de su segundo matrimonio, Ernestina Herrera, ya no es la mujer joven, bella y astuta, que en aquel verano convulsionado de 1969 asumía la dirección de Clarín dejando en un segundo plano a muchos periodistas y dirigentes desarrollistas que habían hecho carrera con Noble. Ernestina Herrera ahora es una señora de 84 años y desde hace años dejó la conducción de la empresa en Héctor Magnetto.

Este contador gusta presentarse como un discípulo de Rogelio Frigerio –el padre del desarrollismo– y eligió una figura empresaria bien norteamericana para dirigir los destinos del gran grupo argentino: no es el gerente general sino el CEO (chief executive officer) del monopolio periodístico. Pero CEO no es sólo el acrónimo de una figura rectora en una empresa, quienes idearon en las aulas de las universidades norteamericanas una palabra para las nuevas formas de liderazgo en la globalización del capitalismo rastrearon en la etimología griega y encontraron que ceo, en la mitología de la cultura fundante de occidente, se remitía no sólo a la inteligencia de alguien sino a su capacidad de ser inquisitivo. En el María Moliner, inquisitivo es alguien “que inquiere y averigua con cuidado y diligencia”. Toda una definición para Magnetto, el hombre que esta semana se estrelló contra una pared que hace tambalear al grupo empresario mediático.

“Nadie se imaginó que (Julio) Grondona se nos iba a parar de manos”, decían en viernes en los corrillos, al fin de una reunión donde participaban los directivos y gerentes del grupo en la que no pudieron decidir muchas cosas. Mientras juntan carpetas y carpetas para preparar la gran andanada jurídica, tomaba estado público la denegación de la jueza Paula Hualde, a cargo del Juzgado Comercial Nº 9, al pedido de Televisión Satelital Codificada (otro sello de las empresas del grupo) que pedía la nulidad judicial de la ruptura del contrato AFA–TyC.

Si bien la jueza había firmado su rechazo al pedido, recién se supo el viernes y se constituyó en un gesto más de la impotencia de Magnetto y su grupo para dar señales de fuerza. Sin fuerza jurídica como para impedir el nuevo fútbol gratuito que se viene, como nunca, los periodistas que constituyen el núcleo de comunicadores prestigiosos del multimedio salieron a pelear públicamente.

El argumento de peso que han logrado instalar en el imaginario público es que todo esto es un pacto de rencor entre dos mafiosos, uno de la política, llamado Néstor Kirchner y el otro de la dirigencia del fútbol, conocido como Julio Grondona. Una cantidad de comunicadores de gráfica, radio y televisión salió a la caza de ambos, alertando que decidieron usar los dineros públicos, cifrados en nada menos que 600 millones, para meterse en una esfera privada, intocable, como es el derecho de mostrar los goles cuando el multimedio lo decide.

Un cálculo conservador, hecho por un proveedor del grupo, dice que el negocio de la televisación del fútbol, le dejaba al grupo no menos de 2.500 millones de pesos anuales. Para llegar a esa cifra, se basa en la torta publicitaria más un porcentaje del total de la facturación de los seis millones y medios de abonados al cable que tiene el país.

Pero, la capacidad inquisitiva del CEO de Clarín no fue sólo la de darle una facturación anual formidable que no repartió con la AFA (incumpliendo el contrato). El fútbol fue al grupo lo que el hierro para las escuadras romanas en la formación del imperio. Así como las armas de fundición le permitieron a los romanos doblegar a otras comunidades, Multicanal y Cablevisión consolidaron un poder que dejó exánimes a los cientos de cableros que hacían su negocio solos y disciplinaron a al grupo de Alberto Pierri (Telecentro) y al de José Luis Manzano y Daniel Vila (Supercanal).

Las señales de poderío del monopolio conducido por Magnetto –hasta la sorprendente caída del contrato de la AFA– tuvieron dosis de perversión sensibles. Por ejemplo, imponer el nombre de Torneo Cablevisión Apertura con mensaje a dos puntas: para que los directivos del fútbol supieran que había llegado la televisión a sus vidas y que decidiría hasta qué partidos se televisaban codificados y cuáles no; y para que los otros empresarios prestadores de cable supieran que la única marca pública es Cablevisión. En la mentalidad del CEO, no hay sociedades, no hay competencia, no hay respeto por la transparencia, el mundo empresario tiene que conducir una guerra moderna que no se libra –necesariamente– con bombas sino con capacidad inquisitiva.

Todos saben que Cablevisión era de otros: había sido fundada por Eduardo Eurnekián a principios de los ochenta y en los noventas quedó en manos extranjeras hasta que Magnetto logró que el grupo se quedara con el 60% de las acciones y que (ojo) al final del mandato de Néstor Kirchner la secretaría de Defensa de la Competencia del Ministerio de Economía diera el visto bueno a la posición monopólica que constituía la fusión de Multicanal y Cablevisión.

Otra empresa controlada por el grupo es Torneos y Competencias, que también había surgido a principios de los ochentas. Siempre, en las placas de presentación, los programas de Torneos, sobre la música característica de fondo, tenían la leyenda “sobre una idea de Carlos Ávila”, su fundador y presidente. Ávila, en los noventas tenía sociedad con el Grupo Clarín pero también tenía acciones en el CEI, un conglomerado formado por Telefónica, el grupo Hicks, y Raúl Monetta. Era el enemigo acérrimo de Clarín. Terminado el menemismo, el CEI se fue deshilachando y Torneos fue cada vez más absorbido por Clarín. Un buen día, Ávila vendió sus acciones a Clarín y se desvinculó de Torneos. Para mostrar quién mandaba, los nuevos directivos de Torneos decidieron que fuera un familiar muy cercano de Ávila –que quedaba en la empresa– el encargado de sacar la leyenda “sobre una idea de Carlos Ávila”. Pensaban que Ávila sólo sería recordado como una leyenda.

El estilo del CEO es el de los ceos, está al servicio de establecer posiciones en el imaginario con el objeto de consolidar posiciones accionarias dominantes. Si los comunicadores, los políticos, sindicalistas, los juristas, los pequeños y medianos empresarios, los intelectuales o los líderes religiosos no se dan cuenta de la ideología que significan estos nuevos mariscales de ejércitos monopólicos, no deberían extrañarse que algún día salga un nuevo diario para contarle al mundo que los poderosos tiraron bombas atómicas o que los desheredados salieron a la calle a protagonizar la historia. Para terminar con las posiciones de privilegio hace falta una retórica democrática, hace falta educación, pero sobre todo es preciso que la Constitución y las leyes se pongan en marcha, para que no nos confundamos los ciudadanos de a pie: no es la astucia o la inteligencia de los ceos, es su capacidad de imposición. Esta lección del fútbol nos tiene que ayudar a parar la pelota: no hay democracia con monopolios. Y el camino a recorrer todavía, para los argentinos, es demasiado largo en esa materia. No se trata de ganar un partido sino de jugar todo el campeonato.

 
© Diseño producciones BM